gruñir por gruñir
cuando era pequeña, no sabía identificar la tristeza y la confundía con enojo. El enojo siempre me hizo sentir grande, poderosa, en control. Pienso que desde que soy muy pequeña me gusta sentir que tengo el control, que el timón me queda bien entre las manos y que las olas jamás son lo suficientemente grandes. Sin embargo, cuando empecé a ir a terapia para identificar mis emociones de mejor manera, una verdad me pateó directamente a la nariz. No había forma de ignorar el dolor. Lo tenía que aceptar. Mi enojo, más que enojo, era una tristeza profunda. Tan profunda como el océano donde pudieron haber terminado todos mis barcos cuando el timón me quedaba demasiado grande. Descubrí que aquella emoción que me hacía sentir enorme, más bien era una tristeza añejada de años. Nunca estuve enojada, más bien estaba deprimida. Pensé en las situaciones que me molestaban y ahí encontré pistas: las peleas no me enojaban, me rompían. No entender lo que sucedía no me enfurecía, me agotaba. Un regaño o un grito no era una injusticia feroz, era una herida que surcaba mi corazón de pe a pa. Un llanto escandaloso no era amargura, era profunda incapacidad de explicar mis tristezas. El enojo nunca me hizo grande, siempre me aplastó; me obligó a pegar el pecho al suelo, a ser tan minúscula como una hormiga. Me obligó a hacer oídos sordos, miradas esquivas, silencio absoluto. Un llanto en la regadera era una orquesta de pesares que no sabían salir de otra forma más que frunciendo el ceño y apretando las manos. La molestia que me volvía violenta, más bien era una tristeza que no se sabía acobijada.
Pensé, tiempo después, más grande y más entendida, que ese enojo no cambió mucho. En lugar de lastimarme los nudillos, aprendí a herir de vuelta. No hacían falta golpes si puedes someter con palabras. Una frase sarcástica duele más que una cachetada a media discusión. Pasar de largo, sin voltear a ver, entonces es más efectivo que trabarle el pie a alguien, por ejemplo. Aprendí a convertir mi enojo-tristeza en cicatrices para otros. Cuando me di cuenta de cuánto poder alberga una mala cara o una risa directa, entonces ya no me hicieron falta las malas palabras. Esa tristeza que yo sentía, se multiplicaba en dolores para los y las otras personas que me rodeaban. Entendí que ignorar al otro es solo una forma de devolver todo el dolor y el corazón roto.
Así que un día, conmigo misma, tuve la conversación. Me expliqué que no podía continuar con ese camino tan violento. Mis palabras así como regalan sonrisas, también las borran. Mis silencios más que un entendido, producían confusión. Mis sarcasmos no eran graciosos, en cambio, un dolor de culo. No podía continuar con tanta angustia disfrazada. ¿Qué ganaba guardando tanto dolor? Pensé en mis amigas que se llevaron lo peor de mí cuando simplemente no pude explicar que me sentía abandonada, triste o traicionada. Pensé en las semanas que me obligue a no hablarle a mis papás cuando era más joven, esperando con ansias que me notaran, que me quisieran de vuelta. El enojo no ocasionaba mis males, era mi tristeza y el miedo de ser vulnerable. El miedo de mostrarme así como realmente soy: una nube que a la menor provocación rompe a llorar. Yo no quería ser nube de tormenta, yo quería ser suave, y que al mismo tiempo respetarán tanta suavidad. No tener que mostrar los dientes sino agachar la cabeza para sentir una caricia. No mostrar las garras, agarrar manos con cariño. Yo no quería ser violenta, quería amar. Pero, no sabía. No quería saber cómo lograr transformar tanta angustia en cariño. Me negaba a ser “débil” ante el dolor.
Pero, ya estoy vieja. Ya no tengo espacio para tanto rencor. Ya no quiero estar molesta. Quiero volver a ser suave, como yo sabía ser. Quiero volver a besar mejillas, abrir los brazos y recibir amor. Quiero decir perdón sin sentirme obligada. Quiero abrir mi corazón aunque me puedan lastimar. Ya no quiero transformar el dolor en angustia y en escudos falsos. Quiero ser ternura. Quiero que la tristeza venga sin disfrazarse, que quiera anidarse hasta que la entienda. Quiero poder empezar de cero, querer mucho, dejar de hacer daño. Ya no quiero hacer daño. Quiero poder transformar tanta violencia en amor.
Ya no mostrar los dientes, afilar las garras, gruñir por gruñir. Quiero agachar las orejas, lamer mis heridas, dejarme querer.
Quiero tomar el timón por amor a navegar. Dejarme sacudir por las olas si hace falta. Quiero volver a mí, y enseñarme que el enojo y la tristeza no son lo mismo. Que el sarcasmo no es escudo y dejar de hablarle a los demás no es la solución.
Quiero que vuelvan a mí mis personas y ya nunca más dejarlas ir.
Ya no muerdo, prometo hacer espacio. Perdón por haber sido así.


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