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gruñir por gruñir

cuando era pequeña, no sabía identificar la tristeza y la confundía con enojo. El enojo siempre me hizo sentir grande, poderosa, en control. Pienso que desde que soy muy pequeña me gusta sentir que tengo el control, que el timón me queda bien entre las manos y que las olas jamás son lo suficientemente grandes. Sin embargo, cuando empecé a ir a terapia para identificar mis emociones de mejor manera, una verdad me pateó directamente a la nariz. No había forma de ignorar el dolor. Lo tenía que aceptar. Mi enojo, más que enojo, era una tristeza profunda. Tan profunda como el océano donde pudieron haber terminado todos mis barcos cuando el timón me quedaba demasiado grande. Descubrí que aquella emoción que me hacía sentir enorme, más bien era una tristeza añejada de años. Nunca estuve enojada, más bien estaba deprimida. Pensé en las situaciones que me molestaban y ahí encontré pistas: las peleas no me enojaban, me rompían. No entender lo que sucedía no me enfurecía, me agotaba. Un regaño o ...

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