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Polvo, polvo y más polvo

Detrás de la puerta se esconde un cuarto que ha almacenado polvo, polvo y más polvo. Me cuelgo la llave al cuello cuando recuerdo que dentro de mí, la casa que soy y he construido (para mí y para otros) albergo un cuarto cuya puerta no se abre. No porque cueste abrirla, sino porque no es buena idea abrirla. Ahí sólo hay polvo, polvo y más polvo.  Y últimamente, he sido alérgica. Pero, hubo un día... Ah, hubo un día donde esa puerta siempre permanecía abierta. Había, una niña, de cabellos rizados, risa escandalosa, que corría por los todos los pasillos de este cuerpo-casa, descalza, con la única intención de conocer todos sus rincones. Y entonces entraba a esa habitación y pintaba las paredes; se subía a los muebles con la intención de ser la más alta y dormía la siesta en el frío piso del medio día. Este cuarto no oscurecía, como toda la casa. Era más bien un lugar cálido. Si tenía un mal día... Se tapaba con la ternura.  Se arrullaba con el cariño.  Se dormía abrazada al...

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