La tos me va a matar

La tos me va a matar.

Un día escribí otra nota que comenzaba con la misma frase. Digo el otro día como si hubiera sido hace una semana y me parece que tiene años. Pero, la situación sigue siendo la misma: la tos me va a matar. No entiendo la capacidad que tiene el cuerpo, mi cuerpo, para segregar tanto moco y negarse a dejarlo ir. Es moco. Sólo debo abrir la boca para dejarlo ir. 

Que curioso.

Abrir la boca y dejarlo ir.

Me suena tanto a mis procesos de dejar de querer.

¿Será que al final del día todo es una comparación inesperada? 

Aquí viene lo divertido. Últimamente tengo tanto tiempo para mí que me he encontrado buscándole sentido a todo. Hasta estoy aprendiendo a acentuar palabras de puro oído porque precisamente he pasado tanto tiempo a mi lado que me escucho con detenimiento. No sabes cuánto he escrito. Y ni siquiera es real, escribo historias íntimamente pedorras, pero oh, qué bien se siente tener tiempo y derrocharlo en situaciones que no me dan más que recompensas inmediatas y que yo atesoro tanto. Un comentario pidiéndome que el personaje tal por fin se entregue a otro personaje, y yo decida si eso sucede en un día o hasta en un mes. ¡Lo amo! Tener el control de algo tan estúpido me devuelve las ganas de ser constante. 

Tener tiempo me devuelve, de alguna forma, las ganas de ser yo. 

Hoy, precisamente, tuve uno de esos días donde todo se sentía irreal. Tuve demasiado tiempo libre por la mañana y todo se sentía extraño. Pensaba que no merecía tener tanto tiempo. Como si tuviera que cumplir una tarea sumamente importante antes de poder siquiera encender la televisión. Como si yo sola tuviera que condicionarme a cumplir con algo antes de dejarme ser una mancha gigante de sudor sobre el sillón café al que le llega la luz desde un ángulo amable. Sentía que debía hacer algo para merecer el tiempo. Yo sola toco la campana y babeo, a lo Pavlov. Y no es el caso. 

Me sentía culpable de tener tiempo, de tener tos, de un dolor en el vientre que ni siquiera ayuda en algo porque no pienso en compartir mi ADN hasta dentro de muchos años, y eso, si llega a ser posible. ¿Tendrá mi cuerpo la capacidad de crear a otro igual de inestable que yo? ¡Qué risa! Le querría hasta con las puntas de mi cabello, y yo lo sé, pero no me veo. No me veo acunando, cambiando, bañando, curando. No. Hoy no, ni mañana, menos dentro de un año. Ya no. 

No me veo ni siquiera dando besos a otros.

¿Te conté? 

Hace tanto que no te cuento. 

Últimamente no pienso en el amor. Al menos no para mí. No pienso en citas, no pienso en compartir mis días, no pienso en dedicar canciones, presentar a mis padres, escoger ropa interior bonita, no pienso en nada de eso. No pienso en relaciones porque genuinamente las relaciones se sienten como el moco atorado en mi garganta. Aprender a desprender, abrir la boca y soltar. Se siente como un trabajo el pensar siquiera en querer al otro. Entenderlo, cuidarlo, estar. Yo no quiero estar. Me gusta no estar. Me gusta ser sombra, mancha de sudor en un sillón café, un ácaro más en una cama cuyas sábanas se cambian constantemente. Me gusta poder acentuar palabras porque tengo tiempo de teclear el acento sobre cada vocal hasta que suena bien o hasta que la línea roja desaparezca. 

Todo esto no pasaría si estuviera buscando esparcir mi ADN o casarme. No quiero casarme. No quiero vivir con nadie. No quiero ser ama de casa. No quiero lavar platos. No quiero comprar un carro. No quiero una gran casa. No quiero formarme detrás de otros carros esperando a que mis hijos no natos salgan de una escuela hipotética en calle hipotética al lado de una tienda hipotética. No quiero. Pienso que me arrebataron los años, que envejecí, que perdí una parte importante de mi esencia. Ahora todo se ve diferente. Desde aquí, sólo tengo asco y más asco.

Es un sentimiento indescriptible.

No añoro, no extraño. Todo es asco. No por la experiencia, sino el conjunto de un plan mal ejecutado que me dejó sin ganas de crear lazos románticos con otros. 

No es por mí, no es por los otros, es por todo. Me da asco la idea de la pareja que se inventa una realidad alterna que promete ser mejor que cualquier otra situación. ¿Qué podría ser mejor que verme la cara en el espejo y descubrirme otro lunar en la geta y reírme porque estoy comenzando a verme vieja y creí que eso jamás llegaría, pero me doy cuenta porque nadie me apresura a hacer la comida?

Volví a ser hija. Es eso. La tos me dio una oportunidad de retorcerme en una agonía cobijada porque cuando era ama de casa no había tiempo de estar enferma. Enferma y todo, sí, pero los platos se seguían acumulando. El polvo, los baños, el dinero. Todo eso, asco, asco, más asco. No quiero casarme. No quiero compartir mis espacios. No quiero compartir mi dinero. No quiero compartirme, hoy, ni mañana ni en un mes ni en un año.

Me quiero intacta.

Para mí.

Para mis personas.

Para nadie más.

No quiero que me toquen, no quiero besar, no quiero que tomen mi mano ni me envíen canciones pensando que con eso lograran que les quiera porque yo no quiero querer ya. Ya quiero. Ya quiero a quienes quiero querer. Ya es suficiente. Estoy agotada. No quiero más. No me envíen canciones, ya estuve con un músico. No me pregunten sobre mi color favorito, ni que hice hoy, o que haré el fin de semana. No pregunten. Disfruten que estoy, ya.

La tos me va a matar. 


Comentarios

Entradas populares