Polvo, polvo y más polvo
Detrás de la puerta se esconde un cuarto que ha almacenado polvo, polvo y más polvo. Me cuelgo la llave al cuello cuando recuerdo que dentro de mí, la casa que soy y he construido (para mí y para otros) albergo un cuarto cuya puerta no se abre.
No porque cueste abrirla, sino porque no es buena idea abrirla.
Ahí sólo hay polvo, polvo y más polvo.
Y últimamente, he sido alérgica.
Pero, hubo un día... Ah, hubo un día donde esa puerta siempre permanecía abierta. Había, una niña, de cabellos rizados, risa escandalosa, que corría por los todos los pasillos de este cuerpo-casa, descalza, con la única intención de conocer todos sus rincones. Y entonces entraba a esa habitación y pintaba las paredes; se subía a los muebles con la intención de ser la más alta y dormía la siesta en el frío piso del medio día. Este cuarto no oscurecía, como toda la casa. Era más bien un lugar cálido. Si tenía un mal día...
Se tapaba con la ternura.
Se arrullaba con el cariño.
Se dormía abrazada al amor.
El amor que ella misma descubrió cuando al mirarse al espejo pensó: Existo. Ocupo un espacio y mi existir es un regalo.
Pero, entonces, el cuarto oscureció por primera vez ante sus ojos. Había un ruido que no la dejaba tomar la siesta, ya no ahí, ya nunca más. Había una voz, gritando su nombre, pidiéndole que no llorara, que no hacía falta, que no era necesario, que dejara de hacerlo. Hubo, alguna vez, un gesto descalificando su sentir.
Era un berrinche, decían.
Era un llamado de atención, comentaban.
Siempre llora cuando no obtiene lo que quiere, la acusaban.
Y ella estiraba los brazos, bien arriba, esperando algo.
¿Me ves?
¿Me quieres escuchar, por favor?
... ¿Me abrazas?
Este sentimiento es muy grande. ¿Qué hago con él?
No tuvo más remedio que correr a su cuarto, pero, la puerta se había cerrado. Era muy pequeña. No alcanzaba la llave. Tuvo que aprender a abrir la puerta a patadas, a empujones, con los nudillos rojos y los párpados hinchados. Una vez dentro dejó de dormir la siesta, aventó la ternura por la ventana, compasión es nombre de señora, decía, y no la conozco.
¿Quién es esa?
¿Y por qué ella tampoco me abraza?
Siempre pensó diferente, tan diferente que se alegraba de hacerlo. Hasta que se sintió sola dentro de sus pensamientos.
Siempre sintió mucho, tanto que el cielo infinito le llenaba los ojos de lágrimas. Hasta que esas mismas lágrimas le hincharon los párpados y atrapada entre la pared y un mueble de madera pensó que nunca, nadie más, tendría el poder de lastimarla.
Ella, así misma, siempre.
Alguien más, con sus palabras, nunca.
Entonces buscó una llave. La colgó en su cuello, cerró la puerta y olvidó todo dentro de aquel cuarto donde sus emociones fueron, alguna vez, sus mejores amigas. Prometió no abrir la puerta. Prometió no dormir la siesta dentro. Prometió que nadie, nunca más, podría siquiera tocar el picaporte.
Lo que tarde entendería es que ella siempre fue y siempre ha sido un planeta que orbita alrededor de un sol enorme que lleva por nombre sentir. No es coincidencia que su nombre y la palabra "sentir" comiencen con la misma letra. No es coincidencia que encontró refugio en las palabras, que tan pronto pudo comenzar a escribir, todas esas frases sin sentido encontraban estructura en hojas de papel. No es coincidencia que siempre entendió miradas, caricias y gestos. Para nada fue coincidencia que incluso, sin hablar, siempre olfateó emociones en otras personas.
Ella vivía feliz en ese cuarto, cuya puerta ahora permanece cerrada. Si el sentimiento es muy grande, entonces descuelgo la llave, abro despacio, me siento al medio de los muebles, pero sólo encuentro polvo, polvo y más polvo.
Hoy, la psicologa dijo que es momento de empezar a limpiar.
No tengo cubeta, no tengo escoba, no hay un trapeador cerca.
Pero, por primera vez, tengo un trapito. Un trapito pequeño, del tamaño de mi mano, que puede facilmente sacudir al menos, una fotografía encima de un mueble viejo. Y eso, es un inicio.
He entrado al cuarto. Hay un espejo. Me he parado frente a él, y ya no hay rizos. La risa escandalosa sigue ahí, igual que los pies descalzos. Los muebles ya no me harían ver alta, y pensar en lo frío del piso me provoca todo lo contrario a querer tomar una siesta.
Pero, descolgué la llave de mi cuello.
Dejé la puerta abierta.
No quiero voltear dentro.
Y al mismo tiempo, tampoco cerrarla.
Sólo me pregunto si algún día estará todo limpio como cuando ella jugaba allá dentro. Hoy, mientras escribo, no puedo dejar de pensarla. Tan chiquita. Tan perdida. Tan sola. Y mientras me despido de esta carta, una pregunta se cuela por la ventana:
¿Quién es compasión y por qué nunca nos ha abrazado?
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