saMARa
Pienso en ti. Y todo eso va creciendo en mí como una marea. Te quiero desde lo más hondo.
En la primaria aprendí que la fuerza gravitacional de la luna provoca las mareas, que es la subida y bajada del nivel del mar. Me parecía en extremo curioso el tema de la gravedad, una fuerza invisible que no tiene cuerpo, pero sí influencia en todo lo que ocupa un espacio en este planeta.
Lo obliga a hacer tierra.
Sin la gravedad, andaríamos todos flotando como globos sin destino fijo.
Hoy volví a pensar en la marea porque alguien, cuyo nombre nos vamos a guardar, un día mencionó que también compartía este gusto por el mar. Desde ese día decidí, como entre muchas cosas que he decidido desde que lo conozco, que dentro de mi nombre, saMARa, se escondería un océano único para él. Y que mis mareas le pertenecerían: para enterrar sus pies en mi arena, para acostarse en mi orilla, para bañarse en mis aguas.
Supongo que la fuerza gravitacional de la luna que él también observa de vez en cuando, como yo, hizo su magia en mí. Me ablandó tanto para entregarle los niveles de mi mar. De ese mar que se esconde en saMARa. ¡Todo el tiempo había estado ahí! Y solo bastó que apareciera él para poder descubrir que yo, entre todas las cosas que puedo ser, también soy tan grande y profunda como un mar.
Qué coincidencia, pues, que Camus lo escribió primero: te quiero desde lo más hondo. Como yo, que descubrí que no hay abismo, soy tan infinita como el fondo más fondo sin fondo cuando en el reflejo de sus ojos me observo tranquila, sonriendo, con las manitas quietas y el corazón latiéndome lento. Soy rápida y voy lento. Como olita agarrando impulso en el horizonte.
Solo hacia falta alguien que quisiera… nadarme.
Y sobre todo, esperar mis mareas. Que no existirían sin la luna. Esa misma luna que nos vio dentro de su auto, diciéndonos que nos gustábamos aquella noche cuando juré que toda yo, era cien por ciento agüita salada.
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